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para los demás. El talento, sin embargo, no prospera en un entorno
fragmentado donde cada quien tira hacia su propio lado. El
verdadero avance se logra cuando comprendemos que lo esencial
no es la microeficiencia aislada, sino el flujo continuo y confiable
de todo el proceso.
Si juntamos todo esto, el cuadro es claro: las personas se adaptan a los
sistemas. Si el sistema está fragmentado, lleno de controles inútiles, con
incentivos contradictorios, la gente aprenderá a sobrevivir en él. Incluso
los más talentosos acabarán cediendo a la presión y ajustándose
a lo mediocre. Es como sembrar semillas en un suelo árido: por más
fértiles que sean, no crecerán. En cambio, si construimos procesos
claros, elegimos bien las herramientas, observamos en el lugar real y
pensamos en el todo, entonces estamos preparando un terreno fértil
donde el talento florece casi de manera natural.
Deming insistía en que la variación y los errores no son culpa de
las personas, sino del sistema. El enfoque Lean va más allá y dice:
si eliminamos los desperdicios del sistema, especialmente el de no
aprovechar el talento, lograremos una organización donde la gente
pueda pensar, mejorar y decidir. Eso cambia la cultura desde la raíz.
Hay un aspecto humano profundo en todo esto. Cuando las perso-
nas sienten que su voz cuenta, que su conocimiento es útil y que
su esfuerzo no se desperdicia, su compromiso crece. Ya no se trata
solo de cumplir un horario o recibir un salario, sino de encontrar sen-
tido en lo que hacen. Esa motivación intrínseca es la que dispara la
mejora continua, la innovación y la colaboración. En cambio, cuan-
do el sistema las aplasta, aparecen la apatía, el cinismo y la rotación.
Por eso decimos que el desperdicio del talento es el más grave de
todos. Porque no solo perdemos ideas, tiempo y energía; también
perdemos la oportunidad de construir organizaciones donde la
gente quiera quedarse, aportar y crecer. Y si no liberamos ese po-
tencial, ningún otro desperdicio podrá eliminarse de raíz.
La reflexión final es simple pero poderosa: si queremos organiza-
ciones exitosas, no basta con contratar gente brillante. Debemos
crear sistemas brillantes. Porque al final, las personas se adaptan.
La pregunta es: ¿a qué sistema las estamos obligando a adaptarse?
Si es a un sistema rígido, fragmentado y ciego, lo único que logra-
remos es desperdiciar lo más valioso que tenemos. Pero si es a un
sistema diseñado para aprender, fluir y mejorar como un todo, en-
tonces estaremos sembrando las condiciones para que el talento
humano florezca y dé frutos duraderos.
Y para lograrlo, hay que practicar la filosofía del gemba: ir al lugar,
observar con humildad y escuchar de verdad. No para imponer res-
puestas rápidas, sino para aprender de quienes hacen el trabajo
todos los días. Solo desde esa actitud de respeto surge la mejora
auténtica. Porque escuchar es el principio del cambio, y aprender
del propio terreno es la única manera de sembrar sistemas donde
las personas puedan crecer junto con la organización.
¿Cuántos proyectos se complicaron más de lo necesario aun estan-
do llenos de personas talentosas y proactivas? Quizá demasiados.

